La fogata ardía y las llamas se agitaban como si quisieran escapar de algo. De repente, todo quedó en silencio, ya nadie se reía, nadie hablaba. Solo permaneció el susurro de un viento frío que acariciaba nuestros rostros y movía nuestros cabellos. Entonces, como si se tratara de una película de terror, una mujer emergió de entre los árboles.

Todos sabíamos de quién se trataba, nuestros abuelos y padres nos habían advertido de su existencia: la Llorona, “¡cuidado con la Llorona!”. Traté de decirme a mí misma que no era real, que no podía serlo, pero en la realidad se hizo un surco que me impidió diferenciarla del mito.

La mujer gritaba y sentí que mi piel se estremecía. Miré los rostros de los demás y una palidez extraña los había invadido. Sus cuerpos estaban quietos como si temieran llamar la atención de aquel ente; no puedo negarlo, yo también tenía miedo. Quise moverme pero la Llorona estaba demasiado cerca de mí, las piernas simplemente no me respondían. De pronto, sus gritos cesaron y una calma tenebrosa invadió el ambiente. Sin embargo, el silencio no duró mucho.

De pronto, la Llorona levantó el velo que le cubría el rostro. Como si se tratara de un rito demoniaco, dejó al descubierto su rostro pálido y demacrado. Sus ojos parecían hurgar en lo más profundo del alma. Me miró e intenté desviar la vista pero una especie de magia me lo impedía. La contemplé y entonces comenzó a hablar…

“No, yo no era como me ven ahora, yo era hermosa, no estos despojos de mujer atormentada, ¡pero fue su culpa! La culpa de ese hombre. Él me engañó, ¡me destrozó el corazón!”, dijo la Llorona con una voz tan afligida como si fuera capaz de revivir el momento que la trastornó, una y otra vez.

“Yo lo amaba, pero éramos muy distintos. Él era un criollo, sus padres eran ricos y yo no tenía nada, solo mi amor, así que sin pensarlo me entregué a él. Formamos un lazo que dio como fruto dos pequeños… mis hijos.

“Pasaron algunos años y el amor que creí que sería para siempre se terminó. De la manera más cruel me dijo un día ‘voy a casarme’, ¡y yo me volví loca!, le dije que no podía hacer eso, que yo lo amaba, que teníamos dos hijos, pero él me tomó de las manos violentamente y dijo que yo era una ‘cualquiera’ que solo quería su dinero… dijo, ¡dijo que yo no lo amaba y que me quitaría a mis hijos! Mis hijos, mis pequeños hijos… Así que esa noche supe qué tenía que hacer, él no podía llevarse a mis criaturas, yo no podía permitirlo.

“Esa misma noche fui por ellos y les dije que iríamos de paseo…

“Caminamos, mis hijos iban muy contentos, recuerdo sus saltitos y su alegría tan infantil, tan inocente. Casi me arrepentía de lo que estaba a punto de hacer pero, justo cuando llegamos a la orilla, escuché una voz que gritaba ‘mátalos’, ‘mátalos’. ¡La voz no se detenía y no sabía qué hacer!, quería que se callara pero no lo hacía. Una terrible ira me invadió y recordé al canalla que me había humillado, que quería quitarme a mis hijos. Sentí como todo el amor que le tenía se transformaba en odio.

“Sin pensarlo más tiempo tomé a mis hijos y sumergí sus cabecitas en el agua. Los niños luchaban por su vida, daban golpes al agua, pero yo no dejaba de presionar sus cabezas hasta que de repente ya no se movían”.

“Entonces comprendí lo que había hecho. La voz ya no hablaba y un dolor agudo, como espada, me trepó por el cuerpo y se incrustó en mi pecho. ¡Había matado a mis hijos! Yo, su propia madre, quien tenía que cuidarlos y protegerlos, les había arrebatado la vida, ¡no pude más!, ¡la gente no entendería!, nadie podría entenderlo… ¡una madre que mata a sus propios hijos! Así que me metí al río hasta que el agua cubrió por completo mi cuerpo y de repente ya no sentía dolor…

El espectro terminó el relato y una lágrima tras otra humedecía su rostro. Me pregunté cómo podía un hombre usar de esa forma a una mujer, también me alarmó que una madre pudiera asesinar a sus hijos y, peor aún, me heló la idea de hasta cuándo tendría que vivir con la carga de tan terrible dolor.

La Llorona nos lanzó una última mirada. Se fue mientras gritaba aquella frase que terminó de helarnos la sangre: “Aaaay mis hijos”. En ese momento, hasta el aire pareció entristecerse. El grito de la Llorona se alejó de nosotros igual que ella, pero el silbido del viento permaneció como el recuerdo de una desgracia latente que sería imposible olvidar.

Con Información de: México Desconocido

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